Por Elvio Zanazzi.
Supo andar por su pueblo, entonces era un pueblo. De allí le habrá venido el paisaje de viejos almacenes, de campos arados, de pasturas y pequeños bañados bordeando los eucaliptus. En cada uno de esos pequeños territorios había gente, paisanos de a caballo, vecinas comprando el pan, hombres arriba de los arados, pobres y ricos, vastedades y su contrario, el contraste de las limitaciones para las mayorías. De aquellos caminos, de aquel tren, de aquellos circos coloridos, venía Evita dando sus pasos. En esos tiempos era la Evita de la familia, la bella niña, la hermosa joven del pueblo, codiciada por los muchachos a la salida de la iglesia. La gran ciudad no la cambió, ni pudieron cambiar ese temple de sensibilidad y mirada profunda las audiciones radiales ni los escalones en la entrada de los teatros. Aquella Evita, convertida a Eva y nuevamente a Evita en el amor del pueblo, siguió andando sus caminos. Nunca supo ni quiso detenerse porque los tiempos de los pobres no son iguales de los que no carecen. Los pobres no pueden esperar. Demasiadas horas en las fábricas, demasiadas horas fregando, demasiados días mirando un horizonte para otros. Evita amó a Perón pero sobre todo al peronismo. Ella sintió que era la oportunidad para los olvidados de siempre. Y echó mano. Y gastó vida propia, invirtió su propia salud para llevarles a los demás los derechos que siempre les expoliaron. Y se enfrentó a la dádiva de las señoras altas. Detestó la limosna que siempre sostiene la grieta de los que pueden con los que no les corresponde. Rompió con ese “equilibrio” establecido del “pobres siempre habrá”. Puso un tesoro de conciencia en las manos de los trabajadores, por eso fue peronista, por eso no se andaba chiquitas. Por eso fue odiada y denostada por quienes establecieron en la Argentina que el poder era un derecho de las minorías. Las minorías de la riqueza que supieron conseguir. Los caminos de Evita fueron de barro y zanja podrida. El olor que hedía del fondo de la miseria, del mal aliento, de la negrada, de los descamisados del sudor. Ese aroma apestoso por el que se tapaban la nariz los que vivían a costilla del pueblo laburante, un pueblo al que necesitaban sumiso, aunque oloroso, para generar la riqueza que necesitaban unos pocos.
Los caminos de Evita quedaron marcados para siempre en la memoria colectiva. Nunca se pavimentaron, nunca tomaron el atajo del oportunismo. Y el pueblo se animó a transitarlos, tomó conciencia que el reparto venía desparejo. Y entonces la hizo santa, la hizo madre, la hizo dura y la hizo sensible, colgó cuadros con su bello rostro en la cocina humilde de la casa. Lloró a gritos cuando murió tan joven y la llevó como bandera a la victoria.
Elvio Zanazzi – Presidente del Bloque de concejales del Frente para la Victoria-Unidad Ciudadana.
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