Opinión, por Silvio Gaeto (*)
En tiempos donde la grieta parece imponerse, el arte de la seducción se va convirtiendo en una especie que se extingue entre las mareas que provoca el fanatismo, haciendo naufragar las mejores intenciones.
Atrás quedaron las frases que demostraban e intentaban captar el interés de las adhesiones que iban más allá del sequito partidario. Podríamos mencionar, dejando de lado valoraciones personales ligadas a lo ideológico- partidario, el latiguillo de Alfonsín que repetía sin descanso “estoy persuadido”, intentando ampliar su base electoral desde el radicalismo a los sectores progresistas de principios de los ochenta y a una gran cantidad de jóvenes que descubrieron en aquella primavera democrática, el valor del estado de derecho. Podemos citar también a Menem, que con el lema “síganme” y un estilo caudillezco en sus primeras apariciones, trabajo en la construcción de un espacio político con base peronista pero aliado a sectores conservadores o de centro. La conformación de la Alianza, fue consenso por sobre todas las cosas, donde en las profundidades de la coalición se podía percibir a los dos partidos tradicionales. Finalmente, el movimiento que generó Néstor Kirchner, durante sus inicios, se mostró como una tercera vía.
Estas situaciones que acabo de describir, hacían necesario para la búsqueda de consensos, líderes que debían poseer, cada uno con su estilo, un alto grado de vocación política basada en el verbo (como herramienta de integración y transporte de ideas) y el carisma. El dirigente político exhibía con orgullo esas cualidades, que necesariamente lo llevaba a ejercitar el deporte de la seducción. Hoy parece que la política ha quedado atrapada en un laberinto donde las paredes de la intolerancia y la estrella en ascenso a nivel mundial, la posverdad, de la cual Trump es su máximo exponente, bloquean todas las salidas hacia un espacio superador de la antinomia cultivada.
Parece que la política camina cerca del pensamiento del militar prusiano Carl Von Clausewitz, quien decía que la guerra era la continuación de la política por otros medios. Las palabras están cargadas de belicismo y lejos han quedado de los pensadores que sembraron las semillas del estado de derecho, cuyos fundamentos giraban entorno a los conceptos de contratos, pactos y acuerdos, que necesitan para su existencia de actitudes tolerantes, prudentes e integradoras.
La celeridad en los procesos de construcción política basados en la lógica amigo – enemigo, posibilita el agrupamiento de manera más simple, porque una vez establecida la matriz de los opuestos, los bandos se agrupan casi automáticamente. No cabe duda, que en el corto plazo trae beneficios para quienes lo fogonean, pero se hipoteca lo trascendente.
La seducción, de alguna forma exige al seductor, ofrecer sus bondades, se expone, es falible. La grieta trabaja sobre la denostación del otro, el malo, el enemigo. El impulsor de esta estrategia, no ofrece ideas, solamente necesita adjudicarle un valor negativo a alguien. Debe mostrarse perfecto y reducir la crítica o discrepancia a niveles mínimos. Este mecanismo es un anticuerpo que permite esquivar el debate y solo tomar palabras funcionales al armado de un discurso con características bélicas, plagando el ambiente de situaciones conspirativas.
El desafío como sociedad, ni hablar del estrato político, es que la grieta cicatrice, prefiriendo utilizar los conceptos de valle o llano y no de puente, porque este último supondría que la grieta permanecería abierta.
Finalmente, podríamos sintetizar lo expresado, diciendo que la seducción garantiza la convivencia, mientras que la grieta propicia el caos.
