Un tal Heredia suelto en el Vaticano, y justo a tiempo

Por GABY
¿Cuántas pueden ser las coincidencias que te lleven justo a ese lugar, en ese instante? ¿Qué tuvo que suceder en la vida de Sergio Heredia para que, sin haberlo planeado, estuviera presente en uno de los hitos más conmovedores de la historia mundial… Y profundamente de Argentina?
Ser oportuno es como la lluvia en tierra seca. No se la espera con precisión, pero cuando cae, transforma. Así fue su presencia en Roma, el mismo día que se apagó la vida de Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco. Sergio, como un intérprete nato de los sentidos, nos abre las puertas de su experiencia para que, aunque no hayamos estado allí, podamos asomarnos a ese mar de emociones que lo envolvió. No lo cuenta con grandilocuencia, lo narra como se comparten los recuerdos más personales: con un nudo en la garganta y, supongo, con los ojos empañados.
Llegaba desde Suiza, a donde fue a visitar a su hijo Katriel, a quien no veía hacía un año y medio. “Obviamente uno no lo manifiesta, pero no podés vivir sin pensar en él”, confiesa con esa ternura que no necesita poesía para calar hondo en las relaciones de padres e hijos. Y fue Katriel quien le organizó una escapada a Roma, del 21 al 24 de abril. El viaje estaba planeado antes, pero el destino quiso que, al llegar a suelo italiano, la noticia lo sorprendiera: El Papa Francisco había fallecido.
Ahí mismo se activó una cadena de recuerdos íntimos. Su madre, su abuela, su fe sencilla, su historia personal que de pronto se entrelazaba con la historia grande. “El día que asumió Bergoglio como Papa, fallece mi madre… El día que llego de visita a Roma con mi hijo, fallece el Papa, y ese día era el cumpleaños de mi abuela”, cuenta Sergio. Y entonces todo pareció tener un hilo invisible, como si ese momento lo hubiese estado esperando.
El ingreso a la Basílica, la Plaza San Pedro colmada de fieles de todo el mundo, los rostros llorosos y en paz, el cajón humilde de Francisco… Todo eso fue demasiado para que pudiera contener las lágrimas. “No puedo dejar de llorar”, dice. Y no es tristeza: es un desborde de humanidad, de sentirnos parte, de ver al mundo reunido por alguien que nos enseñó que el poder podía ejercerse con sandalias gastadas y corazón abierto.
“Yo me fui con una remera que decía ‘Un tal Heredia’. La hice para decir ‘soy argentino’. Nada que ver con la connotación de lo que estaba pasando. Pero sirvió para que la prensa se acercara, para que la gente me mirara distinto. Con cariño. Con respeto”, recuerda, casi sin creérselo. En medio de un mar de banderas y lenguas diferentes, la suya (esa tan propia, tan argentina) se alzó con un significado nuevo.
“Francisco era eso: humildad, solidaridad. Se lo va a extrañar tanto…”, asegura. Y lo dice no como teólogo ni como devoto fervoroso, sino como un ciudadano común profundamente conmovido. Porque eso logró el Papa argentino: atravesar los límites de la religión para instalarse en el corazón de quienes buscan un mundo más justo, más humano.
Sergio lo conoció en persona, en los tiempos en que Francisco era “un curita común que viajaba en subte”, en reuniones de la Pastoral Social, en encuentros con distintos sindicatos. Lo vio de cerca, lo escuchó sin púlpito. “Siempre fue así. Vivía con zapatitos comunes, de civil, sin más escolta que un asesor. Y pidió que su funeral no fuera ostentoso, que su cajón no fuera lujoso. Y así fue. Pura coherencia”.
En este relato, Roma no es solo un escenario majestuoso, sino una ciudad viva, que lo abrazó en cada callecita, en cada barcito de película. “Estoy viviendo una experiencia de fantasía”, dice. Y uno lo cree, porque hasta su asombro es contagioso. Porque no habla de turismo, sino de emoción pura. Y porque en el centro de todo —como siempre— está su hijo. “Si no hubiera vivido nada de esto, igual estaría feliz por estar con Katriel. Pero vivirlo con él… No tiene precio.”
Como un testigo privilegiado, Heredia nos permite mirar a través de sus ojos. No para idolatrar, sino para sentir. No para sacar conclusiones, sino para recordarnos que las oportunidades llegan sin pedir permiso y que, a veces, cuando estamos atentos, pueden cambiarnos el alma.
Porque a veces, la historia te llama por tu nombre. Y ese día, llamó a un tal Heredia.
Por: María Gancio

Te podría interesar

Don`t copy text!