En su fábrica patrón Palanca hacía bebidas con los residuos del petróleo. Pero nadie compraba
esas bebidas porque eran negras y hacían venir dolor de barriga.
Entonces inventó una linda publicidad para convencer a la gente.
“Una bebida de Rey para la mamá, el papá y para vos.”
Y él se hizo rico, muy rico, casi como el rey.
Los ricos son siempre amigos de los reyes y también patrón Palanca se hizo amigo.
Una noche fue a cenar a su castillo y le dijo: “¡Hagamos una gran guerra! Yo te construiré la
ultrabomba y vos me darás cien ultramillones. Yo seré el más rico del mundo y vos el rey de
toda la tierra”.
“Bien”, dijo el rey. “Pero ¿cómo hacemos para convencer a la gente que haga la guerra por
nosotros?”.
“Me encargo yo”, dijo patrón Palanca. Se hizo jefe de la televisión e hizo un noticiero lindo
como la publicidad y todas las noches decía: “Es lindo combatir y morir por mí y por el rey”.
Y la gente creía en sus palabras mentirosas como bebía sus bebidas negras.
Mientras tanto patrón Palanca en su ultrafábrica nueva construía la ultrabomba, los aviones, los
tanques, los fusiles, y todo lo que se necesitaba para hacer la gran guerra. Y le vendió todo al
rey por cien ultramillones.
El día de la guerra la gente, en la plaza, miraba en la pantalla de TV al rey y al general Palanca.
El general decía: “La guerra ha comenzado. Dentro de poco verán al avión que desengancha la
ultrabomba sobre el enemigo que no sabe nada. Nosotros somos los más fuertes y venceremos.
Viva yo y viva el rey.”
El avión había llegado sobre la ciudad más grande del mundo. El general ordenó: “¡Tirá la
ultrabomba!”.
El piloto miró hacia abajo y vio los chicos que jugaban. Y pensó: “¡Si desengancho los mato!”.
Y volaba, volaba sobre la ciudad que brillaba al sol. Y no obedecía.
— ¡Tirá la ultrabomba sobre el enemigo! —gritó el rey enojado.
El piloto volaba y decía:
—Sólo veo chicos y gente que trabaja… el enemigo no lo veo… el enemigo no está.
El rey el general gritaron:
— ¡Son ellos el enemigo! Desenganchá y destruilos”.
Pero el pueblo y los soldados gritaron todos juntos:
— ¡NO!
Gritaron tan fuerte que el piloto los escuchó. Entonces regresó, voló sobre el castillo y le dijo al
rey:
— ¡La bomba te la tiro a vos!
El rey y el general escaparon, y desde ese día comenzó otra historia. En toda la tierra, una
historia sin guerra.
Editorial L. Manzuoli, Florencia, Italia.
Rompan Fila Ediciones, 1975
Buenos Aires, Argentina
cuentos
Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar «en elefante», esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo… ah… eso algunos no lo saben, y por eso se los cuento:
Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente.
-¿Te has vuelto loco, Víctor?- le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula. -¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo!
La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche:
-Ja. El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas…
– ¿De qué te quejas, Víctor? -interrumpió un osito, gritando desde su encierro. ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida?
– Tú has nacido bajo la lona del circo… -le contestó Víctor dulcemente. La esposa del criador te crió con mamadera… Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad…
– ¿Se puede saber para qué hacemos huelga? -gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá.
– ¡Al fin una buena pregunta! -exclamó Víctor, entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos… que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero… que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente… que se los forzaba a imitar a los hombres… que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres… Y que patatán fue la orden de huelga general…)
– Bah… Pamplinas… -se burló el león-. ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma?
– Sí -aseguró Víctor. El loro será nuestro intérprete -y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera. En seguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros.
Al rato, todos retozaban en los carromatos. ¡hasta el león!
Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas… (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped…)
De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio:
– Los animales están sueltos!- gritaron acoro, antes de correr en busca de sus látigos.
– ¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas!- les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente.
– ¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante!
– ¿Qué disparate es este? ¡A las jaulas! -y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente.
– ¡Ustedes a las jaulas! -gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes.
La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías, las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban: CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES.
Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres:
– ¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! ¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas!
– ¡No usen las manos para comer! ¡Rebuznen! ¡Maúllen! ¡Ladren! ¡Rujan!
cuento
– ¡BASTA, POR FAVOR, BASTA! – gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos-. ¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren?
El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante:
– … Con que esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán… porque… o nos envían de regreso a nuestras selvas… o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho.
Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje en los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino al África.
Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: En uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor… porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio…
Escritos de lectores:
- Apurate, Hilario! Vení conmigo, carajo!!
El grito se oyó fuerte, retumbó en las barrancas y se perdió en las inquietas aguas del río Paraná
El tal Hilario, sorprendido, levantó la mirada, reconoció a quién le había gritado, esperó a que su caballo terminara de tomar agua, lo montó y repechó hacia arriba en dirección al paisano inquieto que aguardaba.
- Pero si es el “dotorcito”…. dijo sonriendo socarronamente
Un joven fornido, espigado, sin sombrero, lo miraba ceñudo montado en un brioso alazán.
- Sabes que no me gusta que me digan así, Hilario…. Yo no soy médico!!!!
- Sin embargo, nadie sabe más que vos de medicina en el Pago de las Hermanas, Prudencio. Para el gauchaje, vos sos el “dotorcito”.
- Doble error, Hilario. Vivimos en 1871, esta comarca hace seis o siete años que se llama Partido de Ramallo, aunque sea solo campo, no haya ni un misero pueblo y solo tengamos un pequeño puerto en la desembocadura del arroyo Las Hermanas. Aunque no falta mucho para que se funde un poblado. Por lo menos así dice el Juez de Paz, Don Zapiola.
Y segundo, no soy médico ni practicante, ni nada. Sólo aprendí por necesidad, de corajudo nomás, cuando ayudé en la peste de cólera en San Nicolás de 1867 al Dr Furst (que Dios lo tenga en la gloria) y al Dr Marcelino Díaz Herrera, amigo de mi tata. Allí aprendí lo que sé. Nunca viví algo tan triste y espantoso, paisano. Se lo juro por la Virgencita…. - Lo sé, Prudencio, lo sé…. Dijo comprensivo el joven criollo.
- ¿A qué viene tanto grito entonces?, preguntó
- Vengo de parte del comisario. El juez Zapiola convocó urgente a todos los hombres que podamos reunir para defendernos de una amenaza. Así que pensé en vos para que nos acompañes, explicó Prudencio.
- ¿Cómo?
- Mira, en Buenos Aires se desató una terrible epidemia de fiebre amarilla, al terminar la Guerra del Paraguay. Es espantosa la situación, la gente escapa y busca lugares para refugiarse sin decir que está enferma. Hay capitanes de barcos sin escrúpulos, que por mucho dinero los engañan diciendo que los sacarán y los ubicarán en lugares donde nadie sabe nada y podrán desembarcar sin problemas. Y la pobre gente, enferma y desesperada, paga lo que sea y huye.
Llegó un mensajero de San Pedro, a todo galope, para avisar a Don Zapiola que un barco cargado de enfermos quiso atracar allá, pero no lo dejaron y siguió viaje río arriba.
Parece que los quieren bajar en el puerto de Las Hermanas. Así que nos pidió que juntáramos hombres para impedir el desembarco y mantener a nuestra tierra libre de la peste.
Hilario permaneció pensativo.
- Pobre gente, dijo al rato.
- Tenés razón, pero debemos pensar en nosotros primero. No me hagas contarte de nuevo lo que viví en San Nicolás en la epidemia de cólera, argumentó apesadumbrado Prudencio.
Y así al galope, los dos paisanos se fueron acercando al puerto ubicado desde hacía muchos años en la desembocadura del Arroyo Las Hermanas.
A unos doscientos metros un jinete montado en un magnifico tobiano, con amplio chambergo negro y una carabina en su mano derecha, salió a su encuentro. - Gracias muchachos, los estábamos esperando dijo a manera de saludo el jinete.
- No le íbamos a fallar, Don Zapiola, contestó con altivez Prudencio.
Los recién llegados se unieron al grupo. Serían más o menos cincuenta o sesenta hombres, algunos bien armados y otros, más humildes, sólo con lazos y facones.
Don Benjamín Zapiola , Juez de Paz de Ramallo, encabezó el trote sostenido de su tropa heterogénea hasta el puerto.
Un barco llamado “Cisne” se balanceaba en las aguas. Por una ancha tabla descendían hombres y mujeres con equipajes, mientras que en tierra firme un par de marineros y un oficial de gorra azul vigilaban el lugar.
La llegada de la tropa los alarmó. Un marinero sacó una pistola de su cintura y miró desafiante a los recién llegados. - Alto! Gritó el de la gorra azul
- ¿Qué buscan aquí los señores? Preguntó con un dejo de preocupación en su voz.
- Soy el Juez de Paz de este lugar, gritó Don Zapiola levantando el mentón, y venimos a impedir que este barco atraque aquí. Estamos bajo la ley marcial por la epidemia y yo soy la autoridad!!! Remarcó enérgico el hombre de chambergo negro, mientras que a su lado cinco o seis paisanos apuntaban con fusiles y trabucos a los marineros y pasajeros que, atónitos, contemplaban la escena.
- No están autorizados a desembarcar, capitán dijo el juez Zapiola mirando fijamente al hombre de gorra azul.
El marino calibró la situación. Estaba en franca desventaja numérica y de armamento. Trató de ser persuasivo. - Su excelencia, usted verá, sólo transportamos pasajeros que vienen a radicarse a San Nicolás. Pensamos que desde este pequeño puerto sería más fácil llegar por tierra, dado que el puerto de San Nicolás está en reparaciones.
- Los puertos del río Paraná están cerrados por orden del Gobernador de la Provincia de Bs As, señor. Todos. Y usted lo debería saber capitán!
- ¿No habrá forma de arreglar este malentendido, señor? Propuso con ironía el capitán del “Cisne”.
- Ninguna, señor. Embarque nuevamente a su gente y vuelvan a Bs As.
Los pasajeros empezaron a protestar. Algunos de ellos comenzaron a increpar al capitán. Uno de los marineros sacó un cuchillo de hoja ancha y aplicó un planazo en el hombro del pasajero más indignado. En eso, se escucharon estampidos. Todos se paralizaron. De algunos fusiles de los paisanos montados subía una fina columna de humo. Los disparos habían sido al aire. Pero su efecto intimidatorio dio resultado inmediato.
Sin decir palabra, el capitán y los marineros hicieron subir a ese grupo de desesperados de nuevo al barco, levantaron la planchada y lentamente dirigieron la nave al medio del río.
Minutos después, el “Cisne” y su atribulado cargamento humano, navegaban río abajo.
- Misión cumplida!!! Gritó Don Zapiola y un griterío enfervorizado de la paisanada le respondió.
Camino a sus ranchos, ubicados sobre la barranca, Hilario y Prudencio, contemplaban el sol que empezaba a ponerse sobre el horizonte. - Ha sido un buen trabajo, Hilario… pasarán muchos años hasta que la peste llegue a Ramallo. Seguramente ni vos ni yo la vamos a ver….
