El conflicto entre Israel e Irán alcanzó un nuevo y peligroso nivel este 13 de junio, luego de que el gobierno israelí ejecutara una ofensiva aérea de gran escala que dejó múltiples bajas y daños estratégicos en suelo iraní.
La operación, bautizada como “León Creciente”, movilizó a más de 200 aeronaves de combate que atacaron simultáneamente más de un centenar de objetivos en todo el territorio iraní, incluyendo instalaciones nucleares clave, bases militares y áreas urbanas.
Entre los blancos más significativos se encuentra la planta de enriquecimiento de uranio en Natanz, una de las más protegidas del país, que sufrió daños considerables.
Entre las víctimas mortales se encuentran altos mandos del ejército iraní, como Hossein Salami, jefe de la Guardia Revolucionaria Islámica, y Mohammad Bagheri, jefe del Estado Mayor. También se reportaron al menos nueve muertos civiles y más de cien heridos en ciudades como Teherán, Tabriz y Shiraz.
Como represalia, Irán lanzó una contraofensiva con más de 100 drones dirigidos hacia territorio israelí, aunque según fuentes oficiales, ninguno logró impactar su objetivo.
El gobierno de Teherán calificó el ataque como una “declaración de guerra”, mientras que el líder supremo Ali Jamenei prometió una respuesta contundente: “El régimen sionista enfrentará un destino amargo y doloroso”, advirtió.
La comunidad internacional observa con extrema preocupación este nuevo capítulo del conflicto. En medio de negociaciones nucleares estancadas, la ofensiva ha puesto en alerta a las potencias mundiales.
Estados Unidos, que venía actuando como mediador, tomó distancia del ataque, aunque el expresidente Donald Trump lanzó una advertencia: “Los próximos golpes de Israel serán aún más brutales”.
Esta confrontación directa entre Israel e Irán es una de las más graves en décadas y amenaza con desestabilizar aún más a una región ya golpeada por años de tensiones políticas, religiosas y armamentísticas.



